“El Eterno Sacrificio”

Tantas veces que hicimos el amor en esta cama, en esta habitación y ahora me percato de lo árida y solitaria que es. Iluminada solo por las velas que arden en el ritual que mi corazón y mi alma me encomendaron. Y a pesar de las velas, el incienso y el humo que ambos desprenden, siento frío, un frío desgarrador, el frío de la soledad y del vacío que siento. Deben ser ya eso de las cinco de la madrugada, ya oigo los pasos en el piso de arriba. La noche aún es como la Gran Muralla China: impenetrable pero con una pequeña brecha, que en vez de ser la pequeña puerta por donde el traidor dejó infiltrar a los enemigos, vendría siendo el pequeño resplandor que emite sin cesar la luna. Fuera, se oye gotear fuertemente la lluvia de invierno.

Son tantos recuerdos juntos que vienen a mí con el simple hecho de percibir algunos sonidos, de oler ciertos aromas, de ver pequeñas cosas.

Dormimos juntos mientras llovía y olíamos la suave fragancia de canela. Hicimos el amor oyendo los pasos de los vecinos de arriba y viendo el frasco que está encima de la mesita de noche. ¡El frasco! ¿Cuántas veces la oía gritar de placer y chillar mi nombre debajo de mí mientras yo contemplaba ese frasco?

¡Que frío más cruel! El lado derecho de mi cama está vacío. Me siento perdido y el tiempo sigue pasando mientras la noche se convierte en día. Otro día monótono y sin sentido.

Me siento lejos, necesito ver su cara para sentirme vivo, para mantenerme sano, para mantenerme completo. Necesito su luz, la que iluminaba mi alma y me daba paz, y a pesar de sus debilidades me daba fuerzas, fuerzas para levantarme y seguir adelante como un compromiso constante, como un sacrificio interminable ¿O es mejor decir Eterno?

Simplemente huyó, como un niño que no quiere volver jamás, como un niño que se aprieta la garganta con el cordón umbilical para no nacer por miedo a este mundo atroz y perverso, sediento de sangre nueva, con garras filosas capaces de degollar sin mirar y cortar sin vacilar. ¡Así es el mundo, nuestro mundo!

Con el transcurso del tiempo la mente se aferra a los puntos esenciales y va rechazando los superficiales.

Hace un rato el frío me atormentaba, ahora el sueño me domina. Y no es que no tenga frío, pero al parecer cada vez que el vacío se adhiere más a mi corazón menos frío siento, o lo soporto más, no lo puedo explicar.

La vista se me torna espesa, nublada, nebulosa. Me pesan los ojos y me arden; me arden mucho diría yo, como si me ajustara dos yunques a cada fila de pestañas y no ofreciera resistencia alguna. Creo conveniente dormir, puedo faltar al trabajo un día, o quizás dos; es más, mejor no volveré, voy a renunciar. ¿De qué me sirve ganar dinero si todo era para ella y por ella?

¿Qué contendrá ese papel? No fui yo quien lo escribió ¿O sí?

Oh, Dios, es mejor que duerma.

***

Pasaron dos días y no se supo nada de aquel joven apuesto de cabellos negros y ojos oscuros. Llamaron incansablemente a su apartamento desde su trabajo ya que en tres años nunca había faltado y era extraño que no mostrara el más mínimo interés en hacer acto de presencia aunque fuese por vía telefónica o vía Internet.

Al tercer día, dos autoridades ─Con una orden de registro─ se dirigieron al apartamento del muchacho de veintisiete años de edad.

Había un nauseabundo olor a incienso de canela y vainilla pasados y carne podrida a la vez. Inspeccionaron el lugar hasta dar con la habitación donde encontraron cien bases de velas acabadas, mucho polvo grisáceo de incienso esparcido por todo el lugar, un pote vacío de fuertes somníferos, una carta escrita a pulso de mano y al fin el cuerpo de un hombre entregado a las moscas y a los gusanos.

El policía mayor le indicó a su compañero que no tocara nada. Sacó de sus raídos pantalones un guante de plástico y tomó lo que consideró más importante del lugar del crimen: la carta.

Se llevó una minuciosa investigación acerca del joven. Se descubrió que no tenía familiar vivo, ni parientes cerca y que la única novia que se le conoció murió asesinada brutalmente hacía solo un mes.

También se afirmó que sí fue él quien escribió la carta, la cual expresaba lo siguiente:

Ella entregó su cuerpo a otro…

Nada más puedo decir acerca de ello…

 

Sobre la distancia que pesaba en mi corazón

Tratamos de hacer lo posible por vivir unidos,

Aunque en alma vivíamos separados.


Buscando el balance nos prometimos mutuamente

Mantenernos conectados a pesar de las circunstancias.

 

Todo lo que hizo para que olvidara esa perpetua pesadilla.

No lo olvidaré, lo tendré siempre presente…

Nunca olvidaré su eterno sacrificio…

 

Pero nunca olvidé ese engaño.

Nunca lo olvidé hasta que se apoderó de mí ser

Llevándome a cometer tal crimen perfecto.

Nadie se percató de ello…

Y ahora, cuando lo hagan será muy tarde,

Pues ya habré acabado el frasco y mañana será otro día…


Donde ella y yo nos encontremos, allí será perdonada…

Y ese será Mi Eterno Sacrificio…


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